Llegaron las siete lucas: la compensación que nos muestra como el país que somos

por Richard Sandoval


Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Los viejos que no tienen cuenta RUT pidiendo a sus hijos si los pueden inscribir en la página; los que tienen cuenta RUT u otra tarjeta buscando en Internet cuándo le toca según la letra del apellido, como cuando se esperaba que te entregaran una nota en el colegio, para calcular si la entrega de las siete lucas del confort -o $6.700 si te descuentan el giro- van a coincidir con el día preciso en que se te acaba la plata, en que tienes que pagar una cuenta impostergable del colegio de tu hijo, o en que quedaste de salir con tus amigos a tomarte una cerveza. Así nos vemos los chilenos, otra vez estafados por la malicia desatada del empresariado imperial, al inicio de este agosto milagroso; ansiosos, desnudos, necesitados, sumando y restando para ver cuántos kilos de arroz nos alcanzarán con las siete lucas, indignados por la miseria que sentimos que nos entregan los que no pagarán con cárcel como lo haría cualquier ciudadano pobre por robar, pero aún valorando los pesos que logró rescatar el Sernac y Conadecus -pesos calificados como históricos en el desafío de resarcir el daño que han dejado las colusiones convertidas en deporte de la nación-, mientras Eliodoro Matte se mantiene incólume en su aura de dominio, dictando cátedra de buena política y economía en los medios; mientras Gabriel Ruiz-Tagle regresa a presidir el más popular equipo de fútbol, tan millonarios como siempre, con quizás cuántos negocios emprendidos con las utilidades saqueadas de nuestros bolsillos, negocios que les dieron nuevas y desconocidas utilidades -porque el capitalismo es así, premia al que tiene la platita en el momento preciso- en la etapa de oro de la colusión que las mismas empresas auto denunciaron para impedir mayores multas. Pero la señora que hace el aseo en la misma empresa coludida, esa señora que gana el sueldo mínimo, la señora que quedó corta más de una década por el aumento en la canasta básica familiar que significó el delito, igual lo agradece. Porque son siete lucas que no se tenían. Porque sirve para pagar un bono y poder llevar a mi hijo a atenderse a un centro médico que lo diagnostique más rápido. Porque así vivimos en el país de la desigualdad y el abuso del mercado como normalidad indestructible: sometidos, desde la precariedad, a que los empresarios que “dan la pega” hagan las maldades que quieran, nos metan la mano al bolsillo las veces que puedan, queden prácticamente impunes, con clases de ética como condenas, y luego continúen en el servicio por hacer más grande esta patria como si nada, contentándose al despertar y ver en los rostros saliendo del Banco Estado la alegría patética de contar con siete lucas que son nuestras mismas siete lucas ultrajadas por los que hoy aparecen como justos en lugar de mercenarios. Hoy aparecemos como el país que en verdad somos: uno en el que todos somos las víctimas de la fiereza de los ladrones de terno y corbata, víctimas apaciguadas por el bálsamo de una migaja que la aceptamos con alegría sana porque es tanto lo que necesitamos. Hay que pagar el CAE, hay que parar la olla, hay que cumplir con las calillas, hay que seguir echándole para adelante a la espera del desarrollo que haga caer, desde el olimpo, el chorreo desde los cuerpos de los sagrados depositarios del crecimiento.



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