Luis Miguel: Mi corazón no está bien

por Sebastián Flores


Sobre Sebastián Flores

Una vez iba en el auto con mi papá escuchando “Me niego a estar solo” y me puse a llorar. Me dio pena porque pensé en la persona que me gustaba y que no me pescaba, pero también porque me acordé de mi mamá y de aquel verano del ’94 cuando con mi familia viajamos a La Serena escuchando el casette del “Aries” (1993) en la carretera. En esas vacaciones el matrimonio se fue al carajo, lo que derivó en una separación donde yo y mis hermanos nos fuimos a vivir con mi papá y donde mi mamá quedó sola.

Mi papá no se dio cuenta que estaba llorando porque era de noche, estaba oscuro y tampoco fue para tanto. Era el 2005, yo tenía 19 años y hacía mucho que no escuchaba esa canción que tantas veces se repitió en mi infancia­. Me dio pena porque por primera vez le presté atención a esa desgarradora letra de desamor, pero también porque la melodía me trasladó a cuando éramos una feliz familia tradicional. O al menos así lo creía yo a los 8 años.

Mi mamá estaba viva cuando solté esas breves lágrimas. Separada de mi papá, pero viva. Tres años después murió. El informe médico dice que fue ­una neumonía fulminante, pero yo sé que en el fondo fue una profunda depresión. Un par de días tras su muerte volví a escuchar la canción y ahora sí lloré a raudales en la soledad de mi pieza.

La historia de mi infancia y la de mis hermanos es inseparable de la música de Luis Miguel. Mi papá escuchaba discos como “20 Años” (1990) o “Romance” (1991) una y otra vez, de principio a fin, tanto que muchos años después, cuando volví a escuchar esas canciones tras una adolescencia donde renegué cualquier banda que no sonara como Iron Maiden, sentí la nostalgia más poderosa que he sentido jamás.

En la cocina de mi casa había una radio sintonizada siempre en la 90.5 FM. Pablo Aguilera programaba “La incondicional” o “Miénteme (culpable o no)” y mi mamá cocinaba y cantaba contenta. El 2001, ya separada, la acompañé a comprarse un reproductor de DVD que pagó en 3 cuotas. No lo necesitaba tanto, pero en esa época se endeudó con hartas cosas para paliar la pena de no vivir junto a sus hijos. Cuando volvíamos del mall, en el Paseo Puente, un vendedor callejero ofrecía el “Vivo” (2000), el concierto de Luis Miguel donde sale “La bikina”, a $2.000. Mi mamá llegó emocionada y me pidió ayuda. Instalamos el reproductor, pusimos el DVD y almorzamos viendo el concierto. Como cuando vivíamos juntos.

Pienso en todo esto, en lo terrible que fue perder a mi mamá a los 22 años, y después pienso en Luis Miguel y su madre, Marcela Basteri. Más allá de todas las atrocidades realizadas por Luisito Rey, quien ejerció sistemática violencia de género contra su esposa (aislándola de sus hijos, haciéndola sentir poca cosa, prostituyéndola y, probablemente, asesinándola), hay un tema poco abordado en los debates que ha dejado la popular serie que durante 13 semanas tuvo a toda Hispanoamérica hablando sin parar sobre la vida y obra del Sol de México.

En el capítulo 11, cuando Marcela viaja hasta Buenos Aires para verse con Micky tras el quiebre definitivo con su esposo –quien le advierte, sin eufemismos: “si me dejas, te mato”-, está la escena más impactante de toda la serie. Luisito Rey, encolerizado porque Marcela se juntó con su hijo sin avisarle, obliga a un adolescente Luis Miguel y a su hermanito Alex a elegir con quién quieren vivir de acá en adelante. Alexito elige a Marcela, pero “el Sol”, con lágrimas en sus ojos y mirando hacia abajo, privilegia su carrera y camina hasta donde su padre y mánager Luis Rey.

¿Qué tanta responsabilidad tuvo Luis Miguel en lo que le pasó a Marcela? ¿Se le podía exigir a un adolescente solucionar un lío entre adultos cuando siempre se dice que “los hijos no tienen la culpa”? Al quinceañero Micky claramente no. Pero al Luis Miguel adulto, el que durante años prefirió invisibilizar todo lo que sufrió su madre, llegando incluso a obedecer un estudio de mercado que señalaba que su madre desaparecida –no asesinada, no violentada- desataba el instinto maternal entre sus fans, quizás sí.

Luis Miguel no lo ha pasado bien, eso es seguro. No sólo por los múltiples líos amorosos, sus paternidades no reconocidas –o reconocidas tardíamente- y su fracaso artístico durante los últimos 15 años, que lo tienen muy lejos de la época de oro de su carrera y que incluso lo llevaron a la bancarrota y la depresión, sino porque el cantante está muy consciente que también tiene la culpa en la desaparición de su madre. Y ahora, 32 años después, intenta remediarlo.

En esa línea, la exitosa serie de Netflix, que opera como una especie de biografía autorizada, es dos cosas. Por un lado, una brillante jugada de mercadotecnia que levantó de las cenizas a un ídolo de capa caída y lo puso nuevamente en la primera línea de la música popular hispanoamericana. Por otro, es una joya audiovisual tanto por su exquisita factura como por la deseperada denuncia que realiza: la visibilización de una tragedia acallada por mucho tiempo y la reivindicación de la historia de una mujer que sufrió lo que tantas mujeres sufren en el mundo.

No puedo pensar en Marcela Basteri sin pensar en Gloria de Lourdes Muga Toro, mi mamá. No porque ella haya sufrido al nivel de lo que vivió la madre de Micky, sino porque más allá de cualquier estrategia de márketing, ahí radica el verdadero valor de “Luis Miguel, la serie”: contar la historia de una familia como la tuya o como la mía, con la única diferencia que en ese núcleo había un niño que se transformó en el artista musical más importante de México hacia el sur.

Sigo con los ecos del final de la serie, que dejó todo abierto para una segunda temporada. Sigo escuchando los hits de Luis Miguel como si tuviera 8 años y pienso en Gloria, y en todo lo que pude haber hecho por ella y no hice. Pongo “Cómo es posible que a mi lado” en YouTube y veo a Luismi cantar, abrazado a dos modelos y con un fondo digno de Windows 95, el primer verso de la alegre melodía funk pop: “mi corazón no está bien”.

Eso es, para mí, Luis Miguel: una alegre endorfina que trae consigo la más triste de las reminiscencias.



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