Los niños de Trump

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Niños, con manos de niños, con miedo de niños, con lágrimas transparentes de infante, encerrados en una jaula, en una perrera, en la más dramática soledad. Mocosos de siete años apenas abrigados por pedazos de papel, amontonados de a veinte en una sola jaula, como si fueran animales a la venta. Como si fueran esclavos. Los malditos esclavos con dientes de leche del siglo XXI. Son los niños de Trump que no saben donde están, que no tienen culpa de haber pasado la frontera de un país y que ahora tienen como único horizonte rejas de alambre por delante, por detrás, por los costados y hasta en el techo. Son sus casas de juguete que se han hecho realidad. Al mirarlas, recuerdan a los leones que vieron alguna vez en el circo con mamá y papá. Se sienten fieras domadas. Pero ahora no saben dónde están sus padres. Algunos no se pudieron ni siquiera despedir. Tienen siete años, ocho, diez, y están encerrados aquí como delincuentes, tirados sobre húmedas colchonetas, producto de su apellido, de la patria donde nacieron, de la pobreza que los escupió a tierras lejanas que ahora los tratan como trofeos de guerra. Son los trofeos de la guerra de Trump contra los migrantes, los malos, los violadores y narcos. Son las bacterias que infectan su grandiosa América, la poderosa nación de las libertades que ahora hace recordar los campos de concentración nazi, esos donde niños judíos -con la misma mirada ingenua que en las jaulas de Texas muestran pergenios hondureños y mexicanos- no podían caminar más allá de donde se anclaban los barrotes. Los niños prisioneros en el campo de concentración de Trump miran al suelo y callan. Piensan que quizás van a morir, así como vieron morir a sus mascotas. Otros más pequeños lloran. El tío que los cuida tiene pistola y no es de juguete. Tiritan. Mañana no irán al colegio y no hay apuro en que se bañen. Pero aunque no les gustaba meterse a la ducha, hoy darían tanto por que sus mamás los vengan a buscar para llevarlos al agua. No, no tienen la culpa, pero ya no hay quien los calme. Hasta hay guaguas. El señor presidente ordenó que los devuelvan a sus papás, que están en otra cárcel, escucharon. Amiguitos nuevos se comienzan a ir. Pero por qué yo sigo aquí, se preguntan los que no han sido evacuados ¿Me habré portado mal? ¿Es un castigo que merezco? la duda, el terror, el desamparo serán traumas que jamás se borrarán. Como tampoco se borrará el sonido de la palabra que sus padres, cuando los encuentren, les explicarán: Trump. Las imágenes siguen dando vueltas: ochenta años después, en la era de las tablet y de instagram, los niños se han vuelto a encerrar, otra vez por querer vivir en tierras fumigadas contra un acento y un color. La maldad no acaba. Y “la mierda que envían los países” de nuevo tiene rostro de bebé. Ayer y hoy, sólo se trata de niños.



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