Está mal lo que dijo Claudio Bravo

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Matar a una persona por un celular, por cinco mil pesos y un celular, resulta pavoroso. Cómo se puede llegar a ser tan desgraciado como para tomar un tronco, en grupo, y azotar a una trabajadora hasta la muerte para quitarle lo poco y nada que posee, y para colmo salir arrancando con una sonrisa dibujada en el rostro. Como si dar muerte, asesinar para apropiarse, se hubiera convertido en la aventura de estos tiempos. La aventura frágil y fugaz de salir, pasarlo bien, de pronto matar y correr, correr, correr, con una cartera provista de sorpresas bajo el brazo. En qué locura de sociedad estamos viviendo. Cuánta impotencia desborda a los cercanos, los que la conocieron, los que la saludaron. Los alumnos de la Chile que hasta hoy le dicen tía. Una vida acabada a palos, sueños de envejecer junto a su esposo, de acariciar a un hijo adulto, abortados por el vil deseo de arrebatar un miserable teléfono, un funesto aparato que hoy ya no puede pertenecer a nadie. La delincuencia en el universo de la voracidad del consumo mostrando el peor de sus rostros. El del crimen como fiesta. El reino de lo mísero. Pero la barbaridad, la crueldad de vuelta, no puede ser el camino ante tanto dolor. La aplicación de electricidad, una y otra vez, contra los causantes de la alevosa muerte, no puede ser el camino de lo justo. Es tortura lo que a esos hombres les hicieron en la cárcel. Bruta tortura, que como método de venganza no hace más que seguir cavando el pozo de inhumanidad en que se ha convertido el caso del asalto a Margarita Ancacoy. Ver el video de la tortura desestabiliza a cualquier ser sensible. Paraliza. El estupor que se experimenta al mirar torsos y ojos electrocutados es casi tan chocante como el que se apodera de tu cuerpo cuando ves a los asaltantes festejando su homicidio. El ensañamiento, el exterminio contra un ser sintiente, más aún en la era de la viralización de contenidos con ligereza, genera heridas profundas en las emociones, en las emociones de todos los que formamos parte de esta sociedad, heridas que se abren invisibles mientras pasamos al siguiente video, a uno de chistes, a uno de goles que esté ofreciendo el grupo de Whatsapp. Son heridas que las abre la furia de las imágenes. Marcas que te quedan guardadas luego de mirar el video. Marcas provocadas por la rabia, la venganza, la masacre, la pérdida de toda clemencia, el abandono de toda nobleza, la renuncia a cualquier posibilidad de seguir entendiéndonos como seres humanos. Marcas que avisan que aún resiste el imperio de lo salvaje, el ajuste de cuentas, el ojo por ojo diente por diente, el pagar con la misma moneda, aunque esa moneda sea repetir la condena de la muerte, la tortura, el golpe, el apaleo irracional, y todos sus interminables traumas. Marcas que luego, en todos, se pueden expresar en la forma más peligrosa. Por eso no está bien lo que dijo Claudio Bravo, quien conmovido por la forma en que se atacó a Margarita exige que “no victimicemos más a los delincuentes. No más protección para ellos”. No está bien lo que dice Bravo, porque cuando se los cambia de penal no se trata de victimizar a pobrecitos ni de proteger a bandidos malditos. Se trata de protegernos a todos, porque es a todos a quienes se protege cuando reina el derecho, cuando los castigos son los considerados en las leyes, cuando la justicia se aplica en un proceso, y no en una jaula dominada por desquites y revanchas, la jaula de la justicia por las propias manos, donde termina ganando siempre el infinito espiral de inhumanidad que todos queremos evitar. Un espiral de tirria, encono y represalias que nos continúa poseyendo.



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