Karius, you’ll never walk alone

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Una, dos, tres veces se disculpa Karius. Llora, sabe, como sabe cada persona que ha jugado a la pelota en el barrio, en un campeonato, en una pichanga, en una contra crucial contra los cabros de la villa de al frente, que la cagó. La cagó feo. Y sabe que estas chambonadas que todos han puteado no se le olvidarán jamás. Todos los que la hemos cagado así, perdiéndonos un gol solos frente al arco en el último minuto, metiendo un autogol que cuesta el campeonato justo después de haber remontado un partido que ya parecía perdido, sabemos al mirar al arquero del Liverpool lo que se le viene por delante. Un descalabro moral. Pero ahí está la mayor virtud del fútbol, esa virtud que no se ve cuando nos detenemos sólo en las miserias, en los insultos, en la bravura injustificada de rufianes por la calle. Esa virtud que no se goza cuando todo es victoria, copas y reconocimientos. Es la virtud de la clemencia. Hoy le tocó cagarla a Karius, en el momento más glorioso de cada uno de los futbolistas vestidos de rojo que esta noche pisaron el Olimpico de Kiev. En la final de la Champions, lo que imaginábamos era posible sólo en otro universo a la salida de clases en la infancia, lo que nos excitó tantas veces en una cancha de barro, donde cerrábamos los ojos para pensar que en lugar de matorrales detrás del arco esperaban miles de pancartas de colores armando el escudo del Manchester United o el Real Madrid. Ahí la cagó Karius, por eso llora. Le pesa. Siente el espesor del yerro. Como en otra dimensión todavía nos pesa habernos farreado el bicampeonato del torneo de la facultad o del colegio. Pero antes de llegar a este escenario, Salah, Mané o el rotundo Robertson también la cagaron en su caminar, en los desiertos del infierno africano o bajo los rayos de pichangas en medio de tempestades. También la cagaron los que están celebrando, los todopoderosos que otra vez son campeones, los pesados del curso que no se aburren de disfrutar. La cagaron gastándose la plata para comprar la camiseta del equipito de la población, la cagaron yéndose de fiesta el único día que dijo el profe que no había que irse de fiesta. La cagaron no pagando los completos que se comieron para callado en la completada bailable a beneficio del club. Por eso valen los aplausos que contra todo reciben los oídos del triste célebre, Karius. Por eso valen las palmadas en la espalda de los derrotados ingleses. Por eso valen las miradas de frente, valientes, a los ojos del arquero que hoy ha fallado. No se trata de lástima. Ni de parte de sus compañeros ni de sus adversarios. Se trata de saber que las circunstancias del fútbol, como la pelota en su transitar indescifrable sobre una cancha de baldosas o el pasto mejor cuidado del mundo, siempre están cambiando. Por eso valen los aplausos del público del Liverpool a su arquero derrotado. De pie, llorando también, lo miran desde la galería por la que han pagado tanto y reconocen su solicitud de perdón. You’ll never walk alone, le cantaron adultos y sobre todo niños. No caminarás solo, como lo estás haciendo ahora al venir a pedir perdón. Ninguno de los del público puede decir que jamás se ha equivocado, y ninguno tiene agallas para insultar al que expone su miseria como un infante que ha tropezado. Los que tenemos pena esta noche tenemos tu misma camiseta, y el resto del equipo ya vendrá también a pedir perdón, le dicen. Y así lo hicieron, después de pasar por el túnel de aplausos que les hizo el digno campeón, el Real Madrid, aquí están. La noche seguirá siendo amarga. Pero cuando Karius vuelva a llorar antes de quedarse dormido, repasando como una pesadilla los dos goles que regaló, en algún espacio de su congoja se detendrá a pensar en los aplausos que vinieron desde su hinchada en lugar de insultos, en el reconocimiento tácito de que como él hoy en Kiev, todos nos vamos a equivocar, antes, después o durante la gloria; en la cancha o en la vida, todos nos vamos a equivocar. Y quizás ahí, tirado en el autoflagelo y los reclamos, este arquero alemán se llegue a preguntar, al constatar que la amargura es compartida, si es que de verdad estos errores lo han convertido para siempre en fracasado, o si podrá apostar al destino una revancha, como las que suele dar el fútbol. Y también, por supuesto, la vida.



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