Atropellado en Chile por querer ser profesional

por Richard Sandoval



Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Seis meses sin caminar va a estar el estudiante que fue atropellado por un carro de carabineros en una marcha estudiantil en Chile, este jueves. Seis meses de vida cortada, de días adoloridos, con yeso intimidante, con carnes abiertas y luego zurzidas. Seis meses de pinchazos, costras y pesadillas recordando los gritos de dolor que sufrió cuando el carro de gorilas lo agarró por la punta, lo arrolló y lo repasó dos veces por encima, con sus ruedas viles, venenosas, como dicen los testigos, como dicen los dueños de la camioneta contra la que atacó carabineros, dejando a Cristián al medio. Cristián, el que estudia Artes en la moribunda Arcis. Eso es Chile en pleno 2018 y ya nos parece que es normal. Pero no es normal. Y se calienta la sangre, arde la cabeza al darte cuenta que no es normal. Que no sólo no es normal que tengas que salir a protestar porque este país lucra con tu educación, te endeuda, te embarga, te seca como persona por el sólo hecho de querer ser un profesional; sino que tampoco es normal que te apaleen, que te disparen, que te boxeen, que te atropellen por querer ser profesional.

¿Qué diablos se estaría diciendo si este acto hubiese ocurrido en Venezuela? ¿Se estaría otorgando el beneficio de la duda a carabineros, que por supuesto dice que el atropello no fue intencional? Más allá de los detalles, de si el joven andaba o no encapuchado, de si estaba así por un acto cultural o por ocultar su participación en la manifestación, lo que ya provoca explosiones de ira es que carabineros, a la orden del gobierno, viole sistemáticamente los derechos humanos en este país y que a todos le importe un comino. Importa más analizar los videos previos al atropello, importa más encontrarle justificación al atropello. La vida de seres humanos casi asesinados importa un comino. Porque esto no es lo primero, para nada. Porque así como el general Soto asegura que no hubo intención en romper los huesos de Cristián García, en provocar fracturas de fémur, cadera y distintas policontusiones, antes nos dijeron desde la misma institución corrupta -esa que está llegando a los 30 mil millones de pesos en desfalco, el mayor robo de la historia a los recursos de todos los chilenos- que Fernando Quintana, el estudiante de la Universidad de Chile dejado inconsicente en el piso tras puñetazos en la nuca, hace tres semanas, cayó porque estaba siendo golpeado por otros compañeros. Mentira, mentira, mentira total. Yo mismo conversé con diferentes protagonistas de ese momento exacto, desde diferentes perspectivas. Todos los registros lo muestran: no hay ninguna forma de que el estudiante haya sido golpeado por compañeros. La única verdad es que fue masacrado por agentes del Estado vestidos para ir a una guerra. Son los mismos carabineros, estos que dicen que atropellaron a Cristián por casualidad, los que también dijeron que a Brandon Hernández Huentecol -un menor de edad indefenso que iba a empezar a hacer su práctica- le pusieron más de cien perdigones en su flaco cuerpo porque se les escaparon las balas al pobre suboficial, un carabinero que no pagó ninguna responsabilidad por su tortura. Son los mismos carabineros que casi mataron a Rodrigo Avilés y que luego dijeron que nunca le apuntaron con el misil de agua del guanaco a su cuerpo. Todas estas víctimas sumas más de cien horas de pabellón, de operaciones con padres y hermanos en vigilia y llanto rezando para que todo salga bien, a quienes les dicen que se queden callados, porque practicamente se buscaron el martirio. Se buscaron depender de la fe en una vela para que sus hijos no queden con secuelas, para que puedan seguir comiendo, para que puedan seguir hablando. Para que puedan seguir con las capacidades físicas y mentales para obtener un cartón. A ellos es hora de decirles basta, dejen de tratar como imbéciles a los que casi matan. Dejen de engañar a un país entero.

Hay familias sufriendo. Hay familias que se desmoronan. Sueños que quedan truncados. Deudas que aparecen. Odios que se desatan. Tiempos perdidos en el trabajo. Desgaste en los cuerpos y en las emociones. Y nunca o casi nunca está la justicia. Sólo pagan los que quieren ejercer su derecho humano. El maldito derecho humano de protestar por lo que se considera justo. Y la Intendencia, ahí, acentúando el dolor de las víctimas, declarando a través de Karla Rubilar que respaldan a Carabineros y que a la vez lamentan el “incidente” del atropello ocurrido en medio del choque de fuerzas “entre uno y otro”, entre carro de fierro y joven armado por una máscara artística. Ya no queda nada. Da la impresión de que ya no queda más. Están matando la esperanza. Están rompiendo huesos a jóvenes que sólo quieren estudiar, terminar una carrera, ser profesionales. Lloran los amigos, los compañeros, los testigos de la barbarie que no pueden más de la impotencia. Amigos que no pueden más al enfrentarse a una bandera y ver en sus colores, los colores de Chile, la imagen de su amigo veinteañero vestido de azul, muriendo, mientras lo aplasta con sus neumáticos una bestia verde que representa nuestra democracia.



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