Una tarde piola en Zona 3, perro

por Richard Sandoval


Sobre Richard Sandoval

Director en @noesnalaferia y conductor en @RNuevoMundo y @subelaradio. Autor de libros Soy Periférico y Colo Colo ya no es de Chile. Periodista @uchile

Es una tarde de viernes en Santiago, son las siete, todavía hace mucho calor en el barrio Bellavista, y los jóvenes que ya no son tan jóvenes, y que no pueden entrar a Harvard por falta de pase escolar, ya lo han decidido: el jolgorio de este inicio de fin de semana será en Zona 3, imponente “mall del trago” colindante al centro de esparcimiento con nombre de universidad de élite, con la que comparte en su ingreso un insoportable olor a caca que se apodera de esa estrecha parte de Pío Nono.

Una vez sentados los jóvenes, tras haber superado el acoso de los anfitriones de todo local posible instalado en la ya mencionada arteria (“karaoke, amigo”, “happy hour dos por uno”, “cero flaites”, “la primera ronda es de cortesía para la dama”), los garzones de Zona 3 -establecimiento con una incalculable cantidad de metros cuadrados distribuidos en dos pisos que convierten el espacio en un potrero festivo- acechan para ofrecerte tus primeras cervezas que se deben pagar ipso facto (esto último, si dudan de tu honestidad; si vas con tu pareja, te cobran al final). Y aquí comienza un carnaval de situaciones que sólo se dan en tipo de locales como Zona 3, locales ya icónicos en la forma de carretear de estos tiempos por esos barrios.

Lo primero que destaca es la diversidad de público, que va desde el adolescente que va a su primer pub, hasta el trabajador after office, pasando por un cesante que se gasta su última chaucha tras buscar pega durante toda la mañana, ex compañeros de CFT, trabajadores ambulantes, piños gigantes de extranjeros recién llegados, matrimonios de veinte años y amantes que prefieren el sector oscuro, el patio trasero, donde el poder de la música prácticamente no te deja hablar, sólo actuar.

El show musical es un espectáculo maravilloso: comienza con un poquito de electrónica para seguir con un pop tipo Michael Jackson-Bruno Mars, hasta que ya el poder de las cervezas de litro hagan su efecto para poder pasar a la cumbia y el reggaeton. Más tarde incluso se dan el lujo de hacer recambio de Dj. El recién llegado enciende el ambiente tocando los reggaetones vieja escuela que llegan directo al corazón de los borrachos: Factoría, Tego Calderón e Ivy Queen provocan el ascenso a las sillas, pero son los violines que anuncian la llegada de “Zun dada” los que decretan la subida definitiva del nivel de este jolgorio.

El movimiento de brazos parece una ola en el Estadio Nacional. Con varios grupos subidos derechamente a las mesas, la aparición en escena de Bad Bunny motiva a niveles hasta preocupantes. En esta tarde de viernes, una gotera de pronto moja el hombro de este reportero, pero para sorpresa de todos no se trata de una gotera de agua, sino ¡de cerveza! Ese es el nivel de la fiesta en Zona 3, hay goteras de trago. A la par, desde el techo cae un teléfono, correctamente resguardado hasta que su dueño acude desde el segundo piso para recuperarlo. Su retiro lo hace tarareando:

“Ay baby, tu sensualidad
Woah oh oh oh oh oh oh
Me tiene al borde de la locura
Y esto no es casualidad
Woah oh oh oh oh oh oh
Te beso y sube la temperatura”

Entre el compadre que te encaleta el maní, la abuelita que entra con sus Lays, el artesano con sus anillos y aros, y el señor de la bolsa de basura con cartones de cigarros, no falta quien sugiere con sutiles palabras el ofrecimiento de sustancias ilícitas. Da la impresión de que la libertad acá es plena, y ello se nota en el ambiente, en el que nadie llama la atención por la presencia de humos diversos. La escenografía está decorada por múltiples letreros que invitan al motel El Castillo por 14.990 las tres horas. Una pequeña nota indica que el recinto está ubicado al final de la calle Pío Nono, para que nadie se pierda, haciendo un guiño más que directo a las parejas que se han comenzado a entusiasmar. La lascivia está presente.

Los baños son tan grandes que parecen los de una cancha de fútbol. El nivel de ingesta de cerveza es tal que el negocio entiende que este ítem es crucial para el funcionamiento de la fiesta, en la que un animador tipo discoteque se pasea por entre las mesas ofreciendo mojito en vaso plástico a “la mesa más prendida”. Las luces de neón junto a cajas de cervezas interminables crean una atmósfera entre juvenil y gánster, sospechas que se acentúan cuando de pronto se arman sendos conatos, puñetes incluidos, los que pueden venir desde cualquier grupo, desde los viejos curaos que se pusieron odiosos por algo que luego no recordarán, o desde el de los metaleros, los otakus o los zorrones, porque acá hay de todo, perro.

Los venidos de más a la periferia comienzan a retirarse a eso de las 9, con mucha agua ya dentro del bote. A los que el bajón les llegó de sopetón, las manos se les van solitas a las sobras de las papas fritas, esas que frías, apostadas en platos de plumavit, saben más ricas que nunca. Quienes pueden pagar un Uber lo piden a las 10, actualizando la aplicación a cada momento para evitar la tarifa dinámica. Los que andan de juerga total, a las 12 se marchan a su siguiente fiesta, dejando atrás bailoteos de hits olvidados, espontáneas coreografías de axé, coros eternos de cumbias villeras, y muchas veces saliendo acompañados de una circunstancial pareja conocida tras “juntar mesas”. El acompañado o acompañada suele ser el mismo que juntó las mesas, el más motivado del grupo, el que siente que Zona 3 ya es su segunda casa. Ese amigo que ahora mismo vas etiquetar.

Ya es viernes de noche, Bellavista es locura y descontrol, deseo y frenesí, y Zona 3 no se detiene en la ardua competencia que sostiene con las industrias de entretención en que se han convertido los inmensos galpones que en el barrio te esperan con una cerveza bajo el título de ser una “zona” o un campus universitario. Ohio, Oxford, Harvard, Zona 3 y Zona 4 no descansarán en la batalla por quién pone la música más fuerte, por quién convence al caminante con el retumbar de letras que caen como flechas incrustándose en la nostalgia y en las ganas genuinas de pasarlo bien, letras como “voy caminando/ con mi botella/ y la cerveza/ me está pegando no sé dónde voy”. Ahora, sí sabes donde vas.



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